Durante años, los activos alternativos fueron territorio casi exclusivo de inversores institucionales y grandes patrimonios. Hoy el acceso se ha ampliado y cada vez más familias e inversores se preguntan si tienen sentido en su cartera. Nuestra respuesta es que sí, con condiciones: hay que entender qué aportan, qué plazos exigen y qué renuncias implican.
Por activos alternativos entendemos aquí las inversiones en activos no cotizados: capital privado o private equity, deuda privada e infraestructuras. Dejamos fuera de este artículo los fondos de inversión libre y las materias primas, que responden a lógicas distintas.
Qué aportan a una cartera
La primera aportación es la diversificación. Los activos no cotizados no se valoran a diario y sus resultados dependen de la evolución de negocios concretos más que del ánimo del mercado. Esto reduce la correlación con las carteras tradicionales, aunque conviene no exagerar el argumento: en una recesión, las compañías no cotizadas también sufren, aunque su precio no lo refleje cada día.
La segunda es el acceso a fuentes de rentabilidad que no están disponibles en los mercados cotizados: empresas en fases de crecimiento o transformación, financiación a medida para compañías medianas, activos de infraestructura con flujos regulados o contratados a largo plazo. La tercera es la prima de iliquidez: el inversor que renuncia a disponer de su dinero durante años espera ser compensado por ello.
Las tres grandes categorías
- Private equity. Inversión en el capital de empresas no cotizadas, con el objetivo de hacerlas crecer o transformarlas y venderlas años después. Es la categoría con mayor potencial y también con mayor dispersión de resultados entre gestores, por lo que la selección importa más que en ningún otro activo.
- Deuda privada. Préstamos a empresas, normalmente medianas, al margen de los canales de financiación tradicionales. Ofrece flujos más previsibles que el capital privado y un plazo algo más corto, a cambio de un potencial de revalorización limitado al cupón.
- Infraestructuras. Participación en activos como redes de transporte, energía o telecomunicaciones, con ingresos ligados a contratos de larga duración o a marcos regulados. Suelen aportar estabilidad y cierta protección frente a la inflación.
Lo que exigen a cambio
La iliquidez es la característica definitoria de estos activos y no debe minimizarse. Un fondo de private equity típico compromete el capital durante una década, con un periodo inicial en el que el inversor aporta dinero sin recibir nada y un periodo posterior de devoluciones cuya fecha exacta no se conoce de antemano. La deuda privada y las infraestructuras acortan algo esos plazos, pero siguen lejos de la liquidez diaria de un fondo tradicional.
A la iliquidez se suman otras exigencias: importes mínimos de inversión relevantes, una valoración menos frecuente y menos transparente, comisiones más elevadas que las de los vehículos cotizados y una fiscalidad que depende de la estructura utilizada. Todo ello se traduce en una regla práctica: solo debe destinarse a alternativos el dinero que, con certeza, no se va a necesitar durante el plazo de la inversión.
«La iliquidez no es un defecto de los activos alternativos: es el precio que se paga por acceder a ellos, y hay que estar seguro de poder pagarlo.»
Cómo los integramos en las carteras
Partimos siempre del patrimonio global y de las necesidades de liquidez de cada cliente. Solo cuando la cartera tradicional está bien construida y el fondo de reserva cubierto tiene sentido plantear una asignación a alternativos, que en la mayoría de los casos representa una fracción moderada del patrimonio financiero.
Preferimos construir esa exposición de forma escalonada, a lo largo de varios años y con distintos gestores, de manera que los compromisos y las devoluciones se distribuyan en el tiempo. Evitamos concentrar la inversión en una única añada o estrategia, y damos especial peso a la calidad del gestor, a su historial y a la alineación de sus intereses con los del inversor.
Los activos alternativos no son para todos los perfiles ni para todos los momentos. Bien utilizados, aportan diversificación y fuentes de rentabilidad complementarias. Mal utilizados, convierten un patrimonio líquido en un compromiso que no se puede deshacer. La diferencia está, como casi siempre, en la planificación previa.




